domingo, diciembre 28

sin demasiada vejez

Tanto La Prima como yo, en diferentes pero similares sentidos, fuimos desayunando más temprano que tarde las envidencias irrefutables de que estábamos bastante más libradas a nuestra suerte que varias de nuestras amistades preadolescentes.

Cuando uno crece medio de golpe después pasa que quiere detener un poco la pelota. Parar el juego, o mejor dicho, ralentizar al menos lo que al tiempo se le antoja vertiginoso. Y yo, luego del maremagnum que fue mi vida pre-anteojos y una vez lograda cierta estabilidad, he venido evitando crecer postergando -por poner un ejemplo- tramitar la puta licencia de conducir con el consecuente llevaytrae anteojeano, dependencia que me contiene tanto como me fastidia (y a él le fastidia tanto como le conviene) principalmente ahora que con el crío no es tan fácil patear la calle como la hormiguita viajera que fui o colgarme de cualquier bondi que me deje en el centro.

A La Prima, en cambio, no le bastó con rajarse de su casa, tampoco de la ciudad, mucho menos del país, y bueno, qué decir del hemisferio. La Prima crece a raudales pero se niega a aplastar el culo y el de su compañero. A veces anda un poco confundida, lo necesario para seguir moviendo sus partes de continente (ahora lo revolea por el asiático) y lo suficiente para seguir deseando, sin resignar su libertad. Tiene la energía de una pendeja y los huevos de una matriarca, aunque la maternidad no la agarra ni fumada. Todavía no. Le quedan muchas noches por burlar la tercer década con música, amigos, porro, vinito, conversaciones, divagues sin tiempo.

Hoy leí esto (dejando de lado cualquier especulación sobre las contradicciones e implicancias que suponen crecer y envejecer) y se lo quise dedicar:

Tal vez deberíamos asumir que no somos unos muchachos y que nos jugamos la posibilidad de vivir o malvivir los últimos años que nos quedan sin demasiada vejez*.

*Manuel Vázquez Montalbán. Quinteto de Buenos Aires. Editorial Planeta. Barcelona. 1997.

lunes, diciembre 15

guitagra




-Todo bien, se fueron los pañales y llegó la guitagra... pero me parece que por un tiempito más voy a seguir cagando donde se me cante.